03 noviembre, 2013

DOMINGO XXXI del TIEMPO ORDINARIO. Lucas 19, 1-10

árbol entre amarillos

SUBIRSE A UN ÁRBOL

Jesús tenía que pasar por allí. Rodaban por el pueblo, en ovillo, sus palabras. Se multiplicaban sus milagros en la conversación de unos y otros... Tanto clamor llegó a oídos de Zaqueo, que sintió curiosidad por aquel Maestro al que todos admiraban y que él no podía ver por ser bajito. Bajo de estatura y bajo en su consideración por ser recaudador de impuestos y haberse hecho rico a costa de los demás. Zaqueo necesita un árbol para ver a Jesús, más bien lo necesita para que Jesús pueda verle. Y encuentra una higuera, un nivel de altura, física y moral, suficiente para descubrir los ojos deseados que, como fray Juan, también lleva en sus entrañas dibujados.

A Zaqueo le encajan de maravilla estos versos que Ricardo Molina le dedica a Luis Cernuda:  

...Y todo lo dejaste por el árbol
eternamente verde de la vida.
Mirar, gozar, amar, vivir, morir,
morir para nacer, vivir de nuevo.

La salvación entró en casa de Zaqueo porque Jesús miró al árbol eternamente verde de la vida y se encontró con él sin que  le diera tiempo a esconderse detrás de sus dineros. Fue la luz demasiado ancha para tan poca sombra. Y tuvo que morir para nacer, vivir de nuevo desde los ojos del Maestro.

Zaqueos y bajitos somos casi todos. 

Hoy la Iglesia quiere que busquemos afanosamente un árbol, una cierta altura espiritual para ver las cosas de otro modo; para que, en esa órbita, se crucen los ojos de Jesús con los nuestros y muramos para nacer, para vivir de nuevo.

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