07 marzo, 2015

DOMIN GO III de CUARESMA. Éxodo 20 1-14. Juan 2, 13-25

(Foto: En Las Ermitas de Córdoba. P.V.)


EL REGRESO A LA ESCLAVITUD


Se ha repetido con frecuencia que nos pasamos la vida reclamando libertad para luego no saber qué puede hacerse con ella.

De sujetar a todas horas los cordeles que movían los barros, tenían las manos agrietadas. Y los pies, de tanto pisar la paja contra el lodo, no eran capaces de caminar hacia ningún destino. Aquellos faraones y sus esclavitudes habían hecho intransitable la vida de tantos judíos que alcanzaron Egipto creyendo estar cerca de la tierra prometida. Pero no. Las pocas horas de su descanso las empleaban en pedir libertad afinando cada día los violines de la palabra.

Y uno de eso días Dios les propuso, no la libertad, sino los modos para alcanzarla… Lo que vino después,  las arenas y las infidelidades, el maná, la rutina y los cansancios, está minuciosamente relatado en la Sagrada Escritura. Las condiciones de Dios se podían reducir en una frase: para conseguir la libertad es indispensable el exilio.

Después de largas travesías, aquella multitud tiene por fin a tiro de piedra lo tan insistentemente deseado. Dios será su Dios y ellos serán su pueblo. Dios saciará sus hambres y alejará sus miedos. No habrá más sangre en los dinteles de sus puertas ni tristeza de madre por los hijos maltratados. La libertad que trae Jesucristo se ha de derramar en sus voluntades como un agua perezosa sobre los desiertos.

Sin embargo, Jesús vio que el hombre, una vez más, no había entendido el gozo de ser libre. Ahora elige lo sagrado para esclavizarse con usura y engaños a las puertas del Templo. Cambia y negocia la libertad y el amor que tanto ha costado conseguir. El hombre regresa a la esclavitud e los porcentajes y las ganancias desmedidas, a las injusticias, a las nuevas cuerdas que arrastran los nuevos barros de las intrigas. De nuevo mancha irresponsablemente las inocencias del amor.

Ese es el motivo por el que Jesús lo arroja del Templo. Dolor le ha costado trenzar con sus manos un látigo que también hoy moja con el llanto de lo irremediable.





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