06 agosto, 2011

DOMINGO XIX del TIEMPO ORDINARIO. Mateo 14, 22-33

Palacio de los Vientos. India

MIEDOS Y VIENTOS


Jesús está solo y los apóstoles están a solas. La soledad de Jesús se fortalece y acompaña con la oración; la de los apóstoles, se debilita por el cansancio, por los vientos en contra o por los miedos. El Señor, goza así de las seguridades; los apóstoles sufren de ese modo las incertidumbres.

En esa diferencia culminan las diferencias de la vida. Desde Dios, las mayores crisis se convierten en esperanzas. Sin Él, idénticas tragedias, nos empujan al hundimiento.

Porque creer es caminar sobre el agua, que a veces está fría, otras oleada, casi siempre con la escasa luz que da la luna en la noche. Pero con la seguridad de que Jesús tiene la barca al lado, disimulada en la bruma.

Por otra parte, cada uno sabe mejor que nadie la bravura de sus vientos o la mansedumbre que ha convenido con ellos. Todos llevamos a la vez un cierzo incómodo que lastima las promesas y nos despierta en los mejores sueños: son los vientos del mal carácter, de las envidias, recelos o rencores... Vientos que, a ciertas edades, sólo Dios puede alisar en nosotros. Aunque también nos acompañan los vientos australes, que recuerdan los amores, embelesan en los fuegos de la tarde y cautivan de luz en los amaneceres: son las bondades y regalos que nacen del que sabe estar solo, como Jesús, en oración constante.

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