14 marzo, 2014

DOMINGO II de CUARESMA. Génesis 12, 1-4. Mateo 17, 1-9

La noche estrellada. Van Ghogh

AMISTAD Y ESTRELLAS



En esa casa como en todas las casas, había rutina y papel, jarros y palanganas con agua; había lana espesa para sentarse a meditar con el cuenco en la mano lleno de caldos y había lana más espesa aún para acostarse y mirar por las rendijas de la tela cómo vive la noche su escasa madrugada.


En esta casa había amor, como en casi todas las casas. Pero esta casa no era como todas las casas de cimientos y paredes, de cuadros colgados y lavamaniles de plata. La casa de Abraham y Sara era una tienda de tela fina y recia. Y Sara, por las tardes, la iba pintando con estrellas.

-¿Por qué pintas estrellas, Sara, en lo más alto de la tienda?. A poco que me descuido vas a por los colores escondidos y te pasas las horas dibujando puntitos de luz, unos más abiertos, otros con menos resplandores… como si no quisieras que a la noche tuviésemos que encender los aceites.

Y Sara no decía nada, pero seguía pintando mientras Abraham oraba de rodillas ensimismado sobre el pico de sus alfombras.

Él no sabía aún que, en cada estrella nueva, Sara quería reflejar la luz de esa amistad incondicional con que el patriarca abrazaba a su Señor.

Sal de tu tierra… y Sara pintaba una estrella más alta porque estaba segura que Abraham tomaría sus animales y sus lienzos, los espumosos azules de su infancia, sus esclavas, sus arcas y sus vinos y se la llevaría adonde Dios dispusiera.

Serás una bendición… Sara mezclaba de nuevo el polen violeta de los lirios con escapadas de luna hasta poner en lo más alto de la tienda la estrella inabarcable de la esperanza.

El cielo, por fin, se llenó de estrellas, las mismas que hoy alumbran nuestra noche, porque ser amigo de Dios a la manera de Abraham merecía el reflejo de una luz interminable, de un ojo perpetuo en las estrellas de la noche.

Hasta que un día Sara dejó de pintar porque Abraham, su esposo, ya había alcanzado los extremos de sentirse amigo. Y porque a Abraham alguien le dijo silenciosamente que Jesús, en un descuido, juntaría todas esas estrellas en el Tabor para que fuesen aprendiendo sus amigos.


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