13 noviembre, 2010

DOMINGO XXXIII del TIEMPO ORDINARIO. Miqueas 3,19 ; Tesalonicenses 3, 7-12 ; Lucas 21, 5-19

LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR

Es el título de uno de los libros poéticos más profundos y proféticos de Vicente Aleixandre que, con toda justicia, enmarca en sus dos palabras clave lo que va a ocurrir con el mundo si no ejercitamos el amor a la manera evangélica. El profeta Miqueas corrobora lo que acabo de escribir: No quedará ni la rama ni la raíz de los que se enfrentan a Dios; no de aquellos que ignoran a Dios en su debilidad, sino de los que desafían su grandeza y su inmenso corazón de Padre volcado en Jesucristo. Miqueas cumplimenta su preciosa escritura con una frase decisiva: los que aman a Dios tendrán la salud en
las alas.

Y ¿qué se destruye en verdad o qué vacíos dejamos en el mundo sin amor?. En nuestra sociedad se intenta destruir los valores que han sido cimiento de una civilización que ha dado frutos inequívocos de paz, de justicia, de solidaridad... regalos edificados desde la comunión que ha permitido reconocernos como hermanos o en camino de fraternidad. Spencer escribía: Si es un deber respetar los derechos de los demás, es también un deber respetar los propios. Y nuestros derechos --lo escribía yo en mi última novela hablando de María Zambrano-- es que los gobiernos no favorezcan la religión, pero que tampoco la estorben. El Santo Padre lo acaba de decir en su último viaje entre nosotros: es agresiva e impropia la conducta de algunos gobiernos que se ensañan con lo más hermoso que nos ha dejado Cristo para el bien de todos: el entrañable amor en la verdad. De él y contra quienes no lo aprovechan nos habla San Lucas en el evangelio de hoy con un dolor escondido.



Colecta y oración para nuestra Iglesia Diocesana. Que siempre encontremos en ella el Pan de la Eucaristía, el Pan de la Palabra y el otro pan, tan necesario ahora, que ayuda a sobrevivir desde el signo de la comunión.

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