11 octubre, 2014

DOMINGO XXVIII del Tiempo Ordinario. Isaías 25, 6-10 ; Mateo 22, 1-14

(Foto: Cúpula Stella Maris en Monte Carmelo. P.V.)

EL AMOR, EL BANQUETE Y LOS MONTES


... Son las palabras escogidas hoy por el Espíritu para que las agitemos en el pensamiento y nos embriaguemos del color y los sabores de la presencia.

Pareciera que Isaías tiene en su vida un paisaje de montes. Además de los manjares suculentos que brotarán del monte que hoy nos señala, el profeta también ha escrito: “Qué hermosos son sobre los montes los pasos del que trae la buena noticia”. O también: “Convertiré todos mis montes en camino y no pasarán hambre ni sed, porque el que tiene compasión de ellos los guiará”…

En el monte Ararat se detuvo el arca de Noé tras el diluvio y prometió Dios que, desde entonces, el agua que enviase a la tierra no sería desbordada. Allí les prometió misericordia.

David, después del inmenso pecado, invoca con inmenso dolor: “Alzaré mis ojos a los montes, de dónde me vendrá el auxilio”.

El Gólgota es el monte definitivo donde se unifica el banquete del amor divino en la entrega sin límites de la sangre enamorada y con el agua salida del pecho de Jesucristo derramando perdón..

Para los cristianos, el monte Carmelo es el signo de la paciencia y de la búsqueda, de la oración que aguarda la nubecilla que pasea por el cielo intimidades. Con los ojos en el Carmelo, fray Juan de la Cruz pudo escribir con ansias: Oh montes y espesuras plantadas por la mano del Amado / Oh prado de verduras de flores esmaltado… decid si por vosotros ha pasado…

Subir por el monte de la vida es soportar el sufrimiento de la lluvia en los inviernos, las fierezas del sol, el aire que falta de la altura. Y pocas veces una mano que te acompaña por las huellas de la nieve que otros marcaron antes con su propia soledad. Subir al monte es quedarse sólo con la camisa de un viento que quema… Mas, aunque en el instante de llegar en el monte no haya nada ni nadie que nos reciba, Dios aparece pronto desde su escondite con la mano de limpiar sudores y acariciar sin medida.

Manjares suculentos en el monte que Isaías hoy nos muestra. Banquete de bodas del hijo de un rey al que Jesucristo nos invita desde san Mateo y al que no van los que fueron llamados por miedo a sufrir la anchura violenta de la luz…


Me quedo hoy con el empeño de subir al Monte donde Dios me espera. Que sólo el verlo será traje de fiesta, tarjeta para la alcoba principal del castillo, eternidad de bodas.

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