24 enero, 2015

DOMINGO III del TIEMPO ORDINARIO. Marcos 1, 14-20



BELLEZA, VERDAD Y COMPROMISO


Desde el evangelio, y sin matices por ahora, convertirse es recuperar una presencia. Los males, los desaciertos, las confusiones nos persiguen y lastiman, generalmente, por no tener al lado a la persona que vestiría de belleza, compromiso y verdad las cosas que nos pasan. Ausentes de ella, nos asfixia el presente y el porvenir con su mano inventada.

Razón tenía san Juan de la Cruz al advertirnos: el único sufrimiento del hombre es no tener a Dios.

Cada año la liturgia nos reclama: ¡Convertíos! ¡Convertíos!... y el alma termina diciembre jadeante, cansada de no alcanzar su destino. Octavio Paz lo refleja en uno de sus mejores versos: “No hay nada en mí sino una larga herida”. ¡Convertíos! ¡Convertíos!

Hilvanando estas consideraciones, pasa Jesucristo junto al mar, con todas las redes en sus ojos, y encuentra a dos muchachos primero, luego a otros dos, ociosos de temperamento, hablando entre ellos quizá de las heridas del sol cuando a las doce quema o de las traiciones del agua cuando hurgan en su vientre a deshora. Y les invita: ¡Seguidme!

Una palabra sola fue suficiente para que dejaran las redes y siguieran al Maestro. Recuperaron el ansia que llevaban y que el mar aún no les había dado, ni la cosecha de peces, ni siquiera el aprieto feliz de la familia. Con el Maestro se fueron porque ellos estaban derramando su juventud sin el provecho que reclamaba su apetito.

Y Jesús enseñó a Simón y a Andrés, a Santiago y a Juan, a poner hermosura en los rostros y en las casas, en las calles, en el rizo del agua que tan bien conocían… Y Jesús les enseñó que es verdadero aquello que ampara y fortalece, verdadera la sangre que nos invita a compartir el pan y la palabra, la luz de la luna y los silencios. Verdad, sólo es verdad lo que enamora. Y Jesús les enseñó a comprometerse con esa fijación de bondades, fieles  a una tarea, obreros de ríos interiores donde los peces hablan entre sí de orillas nuevas, de luces escondidas.


Convertirse es recuperar la presencia de Jesús en el tiempo y en la vida que sobrevivimos. La Iglesia seguirá poniendo los puntos sobre las íes para que nadie caiga en la tentación de crear un fantasma personal con la fe de Jesucristo. El Espíritu enjugará en ella, eternamente, el caudal de su presencia. En el asombro de cada Eucaristía, la Madre Iglesia nos lo devuelve intacto, tal como era.

(Foto: Orillas del Tiberíades. P.V.)

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